Amerizaje en aguas restringidas

Aunque revisó sus números tres veces antes de realizar la maniobra de desorbitación, logró estrellar la cápsula ablativa exactamente donde se le dijo que no lo hiciera. Había un océano global en donde amerizar, y aún así, las aguas poco profundas del arrecife Pluma Blanca le dieron la bienvenida con un golpe fuerte. Por suerte la arena fina y suelta le sirvió como cojín.
Aún con su casco puesto, abrió la escotilla y salió de la cápsula. Acostumbrada a la oscuridad, el intenso sol tropical la cegó. Respiró profundamente el aire de los tanques de oxígeno. Su vuelo no estaba destinado a otro mundo, pero el paisaje decía lo contrario: Marea baja, agua de color turquesa, cielo despejado. Era una vista surreal.
Tal vez erró sus cálculos a propósito. Amerizando intencionalmente justo en medio de un ambiente tan prístino y diverso que solamente personal militar e investigadores especializados tenían permiso de acceder. Era su oportunidad de caminar en la marea maja y meter sus manos en la fina arena blanca. A lo lejos estaban unos cuantos edificios construidos sobre pilotes. Probablemente la base militar y un equipo de científicos con el que ella creía era el trabajo más hermoso del mundo. Un par de botes iban en camino. Iba a culpar su nave por el accidente de todas maneras. Esa cosa era tan frágil y poco fiable que Control de Misión podría creerle cualquier cosa a una piloto experimentada como ella.
Era difícil creer que las algas y corales que daban y mantenían la vida en el arrecife provenían de pólipos y semillas transportadas por naves interestelares varios órdenes de magnitud más grandes que el cohete que la puso en órbita. Era difícil creer que muchas generaciones después de haber embotellado una biosfera entera en una nave especial y terraformar un planeta con éxito, la humanidad nuevamente trataba de aventurarse más allá de la atmósfera del planeta. Pero así era la vida en Lauz, un mundo tanto viejo como nuevo.