Bajando la Sierra
Bajamos la sierra porque no aguanté el frío. Mis hijos y yo bajamos la sierra, dejando casi todo allá arriba en la montaña. En la cabaña dejamos los muebles y casi toda la comida y ropa. Lo único que nos llevamos fueron las mochilas con provisiones para el camino de vuelta, y el recuerdo de ver nevar por primera vez.
No fue mucha nieve. Una noche, mis niños me despertaron y salimos a ver nevar. Sólo nevó lo suficiente para cubrir los cerros con una fina capa de escarcha. A los días la nieve ya se había endurecido. En una semana se había ido toda, tragada por la tierra. Fue quizá la primera nevada del año, la primera vez que mis hijos y yo vimos la nieve, la primera vez que la sierra se cubrió de blanco en quién sabe cuánto tiempo.
Y aún sin nieve, no pude aguantar el frío. Apenas podíamos dormir con tantos escalofríos, con nuestros labios morados y dedos tiesos. Creí que allá arriba, en el silencio de la montaña, podría al menos escribir mi libro en paz, y mis hijos tendrían todo el cerro para jugar. En vez de eso nos pasamos todo el día encerrados en la cabaña donde apenas cabíamos los tres, queriendo cumplir nuestra promesa de resistir el invierno allá arriba, soportando un frío que no me dejaba sostener la pluma.
Pero bueno, ya estamos bajando, entre arroyos secos y piedras que jamás han sido movidas, entre zanjas y veredas que el viento parece nunca borrar. Al menos el camino de regreso no fue tan pesado como la subida. Aún así, tuvimos que arrastrarnos en los tramos más peligrosos, resbalándonos por la tierra suelta, manchando nuestra ya sucia ropa con más polvo.
—¿Regresaremos cuando acabe el invierno? —me pregunta Sonia, mi hija mayor—. No me molestaba el frío. Es un lugar bonito.
Se ve pálida. Flaca como su madre por más que esté envuelta en abrigos y mantas. Con el cabello lleno de tierra después de haberse tropezado varias veces. Está cansada y no quiere decírmelo. Va arrastrando los pies, con la mirada hacia abajo, no se si por el cansancio o para ver dónde pisa.
Apenas puedo ver el rostro de Ned, mi hijo, reseco por el frío y el polvo, protegido por una gorra gruesa. Volteo hacia atrás, la cabaña está por allá, perdida en los cerros y piedras. El sol ilumina la cima de la sierra, calentándola aunque sea un poco.
Acá abajo puede que sea menos frío, pero no menos seco. El salar, donde el viento levanta un horrible polvo en verano, sigue seco, tal como lo estaba cuando yo era niño, cuando mi madre no podía dormir por la alergia que todo ese polvo en el aire le causaba, cuando mi papá me contaba que algún día, las lluvias llegarían y el salar se convertiría en un enorme lago donde los peces abundarían. Cuarenta años más tarde, el salar sigue seco y yo no he visto ningún pez.
Es un pueblo que realmente clama por la lluvia. Azotado por el viento de todos los días, construido por la promesa de que la sierra se tornaría blanca en invierno y en primavera, toda esa agua correría por los arroyos hasta llegar al salar. Es un pueblo que ansía tanto la lluvia que ya construyó un canal para guiar las aguas al futuro lago, y un muelle justo al final de la calle principal, un muelle que espera el día en que el salar se inunde tanto como la gente que lo construyó desea la lluvia. Lo hicieron de la mejor madera que pudieron conseguir, esa que dura siglos. Tan cara que ninguna otra casa o edificio la tiene. Mi papá me contaba que era muy bonito los primeros años. Pero ahora se ve tan seco, sediento y pálido como la tierra que lo rodea. La verdad no sé cuánto tiempo más pueda durar.
Yo solamente espero la lluvia por una cosa, y es para que convierta todo ese polvo que cubre las casas y las calles en lodo, y no tener que volver a respirarlo jamás.
Aquí abajo, donde el viento sopla sin piedad, nos tapamos la cara para no ensuciarnos la cara ni quedarnos ciegos. El pueblo ya está cerca, proyectando sus largas sombras sobre la planicie, haciéndolo ver más grande de lo que realmente es. Oculto entre el polvo y la tierra, a veces puede ser difícil ver las casas que apenas sostienen su propio peso. El pueblo parece siempre estar envuelto en una bruma que enferma los pulmones y seca la piel.
Entramos a la oficina del capitán y me sacudo la ropa, mis hijos de inmediato se desploman en las sillas, cubriéndolas aún más de polvo.
—Aún no es el final de la temporada. ¿Hubo alguna emergencia?
Gran forma de saludar a alguien que acaba de regresar de la montaña.
—Todo está bien. Pero esta última helada fue terrible. Decidí bajar solo una noche.
—Oí que cayó nieve. Yo no pude ver nada desde acá.
—Cayó muy poca. Así es.
—En fin. Debí imaginarme que tus hijos te iban a dar problemas.
—Nada de eso. Ellos resistieron el frío como nunca. Temblaban y temblaban, casi al grado de tener una hipotermia por jugar afuera pero nunca se quejaron. Ellos querían ir a la montaña conmigo porque querían ver la nieve. Les dije que nunca ha nevado allá arriba pero no quisieron escucharme.
—Pues parece que este año sí. Esperemos que el siguiente también.
Mientras hablaba con el capitán, me di cuenta de que, como si todo hubiera sido un sueño, estaba comenzando a olvidar cómo se había sentido la nieve caer sobre mi cara.
Estaba intentando escribir, en una noche particularmente fría, tratando de escribir algo, lo que fuera, con tal de llenar mi libreta que todavía seguía en blanco. No podía escribir siquiera una palabra, no porque no tuviera ideas, (bueno, tal vez no las tenía), sino porque mi mano estaba tan entumecida que no podía trazar ni una sola letra bien. En medio de esa frustración, los gritos de mis hijos llamándome empeoraban las cosas. Pero cuando oí sus voces gritando ¡Nieve!, ¡Nieve!, ¡Papá, está nevando!, abandoné la pluma de inmediato y salimos de la cabaña.
El viento era ligero, y la nieve era como un polvo brillante, que caía con delicadeza hasta reposar sobre la tierra. Se asentaba en el cabello, en la ropa, en la piel, donde se derretía y se convertía en gotitas de agua que humedecían mi rostro. Era como polvo, un polvo que en vez de resecar, refrescaba. Mis hijos gritaban y reían, y yo lloré porque nunca había visto algo así en mi vida. Tanta nieve, tanto blanco en un lugar como este; tenía que ser un sueño. Pero no lo era.
No volví a tomar la pluma, pues nada que escribiera se compararía lo que viví aquella noche. Aunque no permanecimos toda la temporada arriba, valió la pena llevarlos hasta allá. Ver la nieve con mis hijos fue más que suficiente.
—Oye, ¿Me escuchas?
Dejo de mirar a Sonia que descansaba en la silla, y volteo hacia el capitán.
—Parece que tú también necesitas dormir. ¿Por qué bajaron la sierra solos? Les debió haber tomado días.
—Oh no, nos ayudaron a bajar hasta la estación. El trayecto hasta el pueblo lo hicimos caminando. Me mareo al viajar en coche. Levantan demasiado polvo y se sacuden demasiado.
—¿Entonces, viniste por provisiones, herramientas? ¿Vas a regresar a vivir acá abajo?
—No, quiero subir en cuanto antes. Voy a necesitar más provisiones, el invierno apenas está empezando.
—Ya veo. Bueno, dime que necesitas y prepararé todo. Las enviaré a la cabaña en la próxima caravana. Descansen, coman algo, y prepárense porque se vienen días más fríos y cortos.
El capitán abre la puerta de la bodega y se pierde entre las cajas y barriles que llegaban cada mes por tren. Las provisiones que nos mantienen vivos, sobre todo allá arriba, donde pocos se atreven a asentarse.
Despierto a Sonia y quejándose, se pone de pie y se limpia las lagañas de los ojos. Se quita su abrigo y estira los brazos.
—Ned, despierta, nos quedamos dormidos en la oficina del capitán—, dice Sonia, sacudiendo el hombro de su hermano que todavía sigue dormido. —¿Vamos a regresar a casa papá?
—Nos quedaremos un día o dos en el hostal, y después subiremos.
El capitán regresa con unas formas que tengo que llenar. Comida, combustible, abrigo y algunas herramientas.
—Y esta es tu habitación, —me dice y me da las llaves—. Es para una persona, no pude conseguir otra.
—No hay problema, veré cómo acomodarnos.
El capitán se fija en Ned, quien parece no tener idea de dónde está. La imponente altura del capitán parece intimidarlo.
—Tú no hablas mucho, ¿verdad? ¿Y tu mamá? —pregunta.
—En el polo norte, señor, —responde Ned, apenas despierto.
—¿El polo norte? ¿Y qué anda haciendo tan lejos?
—Mi mamá tiene un trabajo muy importante—, dice Sonia. Está en una misión para buscar la forma de llevar un pedazo de hielo al salar.
—¿Mover un glaciar? ¿Por todo el desierto?
El hombre soltó una carcajada. Al ver que aquello no me causaba gracia, guardó silencio.
—Bueno. Parece un trabajo muy importante, niña. Solamente espero que no tarde mucho. A este paso terminaremos llenando el salar con nuestro llanto y sudor.
Llevo a los niños a nuestra habitación, y agradezco que aquí no debes temblar para sobrevivir. La habitación está oscura y algo fría, pero es tolerable.
—¡¿Aquí dormiremos?! ¡No cabemos los tres! —exclama Sonia tras inspeccionar la habitación—. ¿No pudo darnos el capitán una mejor habitación?
—El capitán es una mala persona, —responde Ned—. Se burló de mamá.
No parecen estar muy conformes con el lugar donde pasaremos la noche, (y yo tampoco lo estoy), así que intento mejorar un poco los ánimos.
—Niños, escuchen. El capitán es una persona con mucho trabajo. Nos faltan muchas cosas en el pueblo y en la montaña, pero él está haciendo todo lo posible por darnos una mejor vida. Recuerden que gracias a él pudimos construir la cabaña en la sierra.
—Eso no le da ningún derecho de burlarse del trabajo de mamá.
—Lo sé, Sonia. El capitán tiene una forma muy diferente de ver las cosas. A diferencia de tu mamá, que trabaja para lograr algo que muchos creen imposible, el capitán prefiere trabajar para el aquí y el ahora. Tal vez le cuesta un poquito entender la ambición de mamá.
—¿Le diremos que vimos nevar? —pregunta Sonia.
—Eso la haría muy feliz. Pero hoy ya es muy tarde. Mañana será otro día largo, vayan a dormir. El invierno apenas está empezando. Puede que vuelva a nevar muy pronto.
Sonia y Ned compartieron la cama donde apenas cabían. Yo tendré que dormir en el suelo.
—¿Papá, vas a decirle a mamá que no soportamos el frío? —me pregunta Ned, pensaba que ya se había dormido.
—Voy a decirle que yo no soporté el frío. Ustedes son muy valientes.
Aquí abajo, en el salar, el viento de la noche trae un polvo horrible que le roba el sueño y descanso a las personas. Por fortuna a mis hijos parece no afectarles, pero a Isabel sí que le hace daño. El doctor le dijo que lo mejor era evitar lugares tan contaminados como el salar, donde los vientos parecen nunca cesar. Fue su idea tener una casa en las montañas, lejos de todo ese polvo.
Acá abajo en el pueblo tenemos una muy lenta red satelital, y un mensaje de mi esposa había llegado. Directo desde el polo norte.
—¡Hola! —Me saluda Isabel con ese tono que tanto me gusta—. ¿Cómo va todo allá arriba? ¿Cómo están mis niños?
Dormidos, no quiero despertarlos.
—Ned, el polo norte está cambiando muy rápido. La última vez que lo visité, hace cinco años, había mucho más hielo. Son grandes noticias.
—¿Y sabes a dónde se va todo ese hielo? A la atmósfera —dijo con entusiasmo—. Así es. El polo norte se está empezando a derretir. Y más rápido de lo que nuestros modelos predijeron.
Isabel camina sobre el hielo que cruje, y me muestra un paisaje tan blanco que casi me ciega. Un paisaje más frío que la sierra.
—Cómo me gustaría quedarme más tiempo aquí. Parece otro mundo, se siente como otro planeta, no lo sé. Me encanta. Ha sido un caluroso verano, puede que no lo parezca, pero ya medimos temperaturas récord. ¡Los polos se están calentando!
Se ve tan feliz, perdida en medio del hielo y la nieve, abrigada tanto como nosotros, con las mejillas coloradas por el frío y los labios secos.
—Poco a poco Ned, poco a poco llevaremos todo este hielo a cada región del planeta en forma de nubes, nieve y lluvia. ¡Estamos liberando todo este hielo, comenzando el ciclo del agua en Dunhar!
Tal vez, la nevada fue ese hielo que estuvo atrapado en los polos por milenios, incapaz de moverse por las bajas temperaturas del planeta. Tal vez esa nevada fue un regalo de Isabel para sus hijos.
—Dunhar sigue siendo un lugar frío. Pero las cosas van a cambiar muy pronto, ya verás.
Ya lo estaba viendo, ya estaba viendo algo como nunca en mi vida. Algo que pensé que mis hijos jamás verían. Quiero decirle que finalmente había nevado en las montañas, que nuestra apuesta de construir una cabaña en las montañas había valido la pena, aunque casi no hubiera agua, aunque nada creciera allá arriba. Quiero decirle que nuestro sueño pronto será una realidad.
Quiero decirle eso y muchas cosas más, pero estoy demasiado cansado, las piernas me duelen como nunca. Mañana, antes de partir, grabaré un mensaje con mis hijos, para decirle que su trabajo, tan lejos de su familia, está rindiendo frutos en el otro extremo del mundo.