Todo está fuera de lugar
Los juegos de ajedrez a través de la lenta red satelital eran de las pocas cosas que mantenían a Leti distraída cuando no tenía nada que hacer durante el perpetuo día polar. A pesar de su ocupado trabajo como laboratorista, se las arreglaba para encontrar tiempo libre para conectarse a la red y transmitir su siguiente jugada. A pesar de ser un tanto distraída, y de no tener tanta práctica ni paciencia como sus contrincantes, estos sabían que una mujer sin nada más que hacer, en medio del polo norte tenía más que suficiente tiempo libre para pensar. Aún así, se mordía las uñas mientras se debatía si intercambiar su caballo o sacrificar su torre por una ventaja casi insignificante quince movimientos más tarde. No estaba segura si su oponente veía sus movimientos, o su capacidad de analizar el tablero estaba en un plano que Leti era incapaz de contemplar, y eso la agobiaba al punto de causarle náuseas. Se tomaba un tiempo para respirar y relajarse, repitiéndose una y otra vez que podía hacerlo, que ya lo había hecho varias veces, que se estaba dando a conocer en la red y que no tenía que preocuparse de nada.
Esa gélida mañana en la que Alex llamó a la puerta, Leti se encontraba dando vueltas en su apretada habitación mientras se secaba las manos sudorosas en la camisa. Tenía la fortuna de no compartir cuarto con nadie, porque así podía tener su ropa y demás pertenencias, sus libretas, repertorios de aperturas garabateados y envoltorios de comida regados por todas partes. Cuando jugaba ajedrez en línea, lo último de lo que se preocupaba era de la limpieza de las cuatro paredes en las que habitó por más un año. Esa mañana se había levantado porque soñó que había perdido la partida que había empezado hace trece días, convirtiéndose en la burla del club al que se había unido con tanto entusiasmo. Una vez despierta comenzó a decirse una y otra vez que de no estar nerviosa, no tendría pesadillas como esa. Lo que necesitaba era despejarse un poco, respirar un aire que no estuviera lleno del olor de su ropa sin lavar o su propio sudor. Se asomó a la ventana, buscando consuelo en aquél paisaje blanco y desolador que le pareció encantador los primeros días, cuando apenas se estaba acostumbrando a la rutina en la base científica, ingenua y llena de ánimos. Ahora todo ese blanco evocaba en ella perdición y locura.
La verdad es que todos estaban empezando a enloquecer, cada uno a su manera. Leti se enfrascaba en las eternas partidas de ajedrez, buscando cualquier excusa para evitar las de por sí ya escasa reuniones sociales, y en su lugar se ponía a repasar estrategias y ejercicios que más que prepararla para sus siguientes partidas, la convencían de que estaba haciendo algo productivo con sus tiempos de ocio. Jamás creyó que fuera ese tipo de persona, pues una vez que el hecho de encontrarse en uno de los lugares más inhóspitos de planeta dejó de ser una novedad, y la rutina que compartía con las mejores mentes dedicadas al estudio de los casquetes polares del planeta se volvió agobiante, decidió que el ajedrez la mantendría en sus casillas. Una vez Jim, uno de sus colegas, después de no haber dormido dos noches con tal de terminar su reporte a tiempo, salió de la base quejándose de la calefacción, diciendo que hacía demasiado calor. Media hora más tarde lo encontraron en medio de la nieve, desnudo, con los pies morados. Fue un milagro que no tuvieran que amputarle los dedos.
Revisó su pequeña estantería con libros y notas. No había nada nuevo ahí. No había nada en su habitación que la hiciera pensar en algo que no fuera el ajedrez. Recordó lo emocionada que estaba cuando llegó a la base por primera vez. Aquella sonrisa lentamente se marchitó, descuidando la limpieza de su cuarto y su propia higiene una vez que se acostumbro a convivir con el resto de los investigadores. Ahora eran como una familia que se odiaba y quería al mismo tiempo, añorando la convivencia y la privacidad simultáneamente. Volteó a ver la computadora. El cursor ámbar parpadeaba, esperando su siguiente jugada. No, ahí encerrada no iba a poder olvidarse de su juego. Necesitaba salir, ¡pero no así! No se había bañado ni vestido y le preocupaba lo que los demás iban a pensar de ella cuando la vieran salir así. Le preocupaba lo que iba a pensar Alex.
¿Por qué Alex estaba en sus pensamientos? Recordó lo que había pasado hace dos noches. Se llevó las manos a la cara y gritó para sí. «¿Por qué lo hice?» Se lamentaba. El frío, el aburrimiento, la soledad que los rodeaba la hizo aceptar la cerveza que Alex le ofreció aquella noche, cuando ya casi todos estaban dormidos, excepto esas dos pobres almas que deambulaban por la base sin saber qué hacer. Se sentaron en el sofá a beber y platicar, quejándose del trabajo, de su propia soledad y de la locura que los rodeaba. Continuaron bebiendo, ignorando el paso del tiempo y pronto se hallaron acurrucados en el sofá, rodeados de botellas vacías. Leti se dejó llevar hasta que sintió el calor de las manos de Alex recorriendo su cuerpo, haciéndola entrar en razón. Corrió sin despedirse y se encerró en su habitación, y no había salido de ahí desde aquél entonces. «¿Y ahora qué vas a hacer?» Se preguntaba. El cómo iba a enfrentar a Alex después de aquella noche era otra de la tantas cosas que la atormentaban. Su cabeza era un remolino de pensamientos ansiando ver algo más que esas cuatro paredes que la oprimían.
Lo cierto era que en el fondo, Leti ansiaba los abrazos y los besos de Alex, aunque todavía no lo admitía. El amor era lo último que imaginaba encontrar tan lejos de casa. Compartir aquél reducido espacio iba a causar episodios como aquél. Así que para olvidar todo eso y fingir que nunca pasó, regresó a su escritorio y analizó por enésima vez el tablero, esperando encontrar la jugada perfecta para relajarse al fin y esperar la respuesta de su oponente durante el resto del día. Estaba a punto de teclear su siguiente movimiento cuando escuchó a alguien golpear la puerta.
Silencio. No se movió, esperando que alguien hablara del otro lado de la puerta. Un millón de escenarios imaginarios vinieron a su mente. ¿Era Alex buscándola? ¿Alguien preocupado por su encierro? ¿O solamente imaginó aquél ruido para tener una excusa para salir?
—Leti, ¿estás despierta?
¿A qué había venido? ¿Por fin había llegado a hablar de lo que había estado evitando esos días? Su cuarto era todo un caos, no iba a poder dejarlo entrar. Y tampoco podía salir y dejar que la viera así.
—Necesito hablar contigo. Es urgente.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Sí, quería hablar de so. Alex llamando a la puerta, la computadora esperando su siguiente movimiento. No sabía qué hacer. Decidió acostarse en su cama y hacer el menor ruido posible. Fingir que estaba dormida era la mejor solución a sus problemas. No sabía en qué momento se había comenzado a comportar así. Como ya lo había dicho muchas veces, era el encierro lo que estaba volviendo locos a todos.
—Por favor, se que estás despierta, y tal vez no quieras hablar ahorita pero… Necesito hablar.
Leti dio un grito y se levantó de la cama, corrió hasta la puerta y la abrió.
—Siento mucho lo que pasó esa noche, no era mi intención hacerlo —dijo con el tono más seco posible.
Cerró la puerta y volvió a esconderse bajo las sábanas. No oyó respuesta. Probablemente se había ido. Suspiró y se relajó.
—¿Podemos hablar de eso luego? Hay algo más urgente. No encuentro a Rigel por ninguna parte.
Se maldijo una y otra vez. Todo por no haber preguntado primero qué era lo que quería.
—¿Ya lo buscaste en el laboratorio? Busca bien, a veces se queda dormido en el almacén —le dijo mientras se vestía.
—Ya lo busqué por toda la base. Creo que volvió a salir.
—¿Otra vez? ¿Cuántas muestras de hielo necesita? ¡Ya tenemos muchas!
—Según él no son suficientes.
Leti abrió la puerta y observó a Alex. Estaba igual de desaliñado que ella. Bien, no la iba a juzgar por su aspecto, y ella tampoco lo haría.
—¿Quieres que vaya a buscarlo? —Preguntó Leti—. A mi no me hace caso, tú lo conoces mejor que yo. ¿No puedes ir tú por él?
—La otra vez yo fui por él.
No quería salir de la base ese día, y no entendía cómo Rigel podía salir como si nada a perforar el hielo. Tal vez era su forma de lidiar con el encierro. Cada quien se volvía loco a su manera.
—Está bien —refunfuñó.
Hizo todas esas ideas que la aquejaban a un lado mientras se ponía el abrigo naranja chillón y abrió la puerta. No hacía viento. Aún así, ya podía sentir el air polar enfriar su rostro. Era la mejor forma de despertarse, después de una taza de café caliente que no se molestó en endulzar. Encendió la radio y bajó por las escaleras metálicas hasta el garaje. Adentro, encendió la motonieve, y se puso las gafas y guantes.
Manejar por la planicie polar era una forma de distraerse. Pero esa mañana era diferente. El horizonte blanco se había convertido en un enorme tablero en el que las piezas de ajedrez se movían junto con ella. Visualizaba las jugadas en su mente mientras manejaba. Le era difícil ponerle atención al mapa cuando tenía a las pieza de ajedrez al frente. Su subconsciente analizaba la posición de las piezas mientras que la atareada mente consciente de Leti manejaba en línea recta. Encontró una mancha naranja en la distancia, y comenzó a desacelerar.
Rigel estaba perdido en su trabajo y en medio de la nada. Si no fuera por las coordenadas que tenía anotadas en el mapa que colgaba en su desordenado cubículo no lo hubieran podido encontrar. La base apenas si se podía ver desde ahí.
—¡Rigel! ¿Qué estás haciendo?
—¿Eh? Les dije que iba a salir a conseguir más muestras.
El taladro giraba lentamente, adentrándose en las capas de hielo que se habían acumulado a lo largo de quién sabe cuántos años.
—Pero tenemos más que suficientes en la bodega. Suficientes muestras que analizar durante toda una temporada.
Rigel sacudió la cabeza.
—No son suficientes. Necesito más. Cada muestra es diferente. No puedes contar la historia de todo el polo norte con una docena de muestras.
Leti recordó las primeras palabras que escuchó de Rigel cuando lo conoció. Le pareció una persona simpática y muy profesional cuando lo encontró en el laboratorio, estudiando una de las primeras muestras de hielo que habían recolectado. «Sabes, cada capa de hielo contenida en esta muestra representa un año. Ciento ochenta días y ciento ochenta noches. Entre más profundo taladres, más retrocederás en el tiempo. La historia del planeta entero en mis manos. Fascinante, ¿no?»
—¿Oye, no crees que hace mucho calor hoy?
Ese Rigel se había ido hace tiempo. Ahora ya casi no hablaba con nadie, y su laboratorio estaba en tan mal estado que nadie entraba. Y cada vez que le reclamaban por aquello, se tornaba agresivo e impredecible. Leti, Alex, y el resto del equipo llegaron a la conclusión de que dejarlo solo con su trabajo era la opción que menos problemas traía.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Ya perdí la cuenta. Pero cuando llegué aquí el sol todavía no salía.
—Rigel, estamos en verano. El sol no se ha metido en veinte días.
—Oh, es cierto. Pero cuando yo llegué aquí estaba oscuro.
Siguió preparando las muestras de hielo como si aquello que acabara de decir fuera perfectamente sensato. Leti no lo podía creer. Se quitó uno de los guantes y tocó el rostro de Rigel.
—Estás ardiendo.
—Lo sé. Por eso te digo que me quiero quitar el abrigo.
—¡No! ¿No lo entiendes? ¡Tienes fiebre!
Recogió las muestras de hielo recién extraídas y las cargó en el trineo, y después se agachó para desconectar el equipo de taladrado.
—¿Ah sí? ¿Y cómo estás segura? —dijo al incorporarse—, porque yo me siento perfec…
Y cayó al suelo.
Leti intentó reanimarlo, sin mucho éxito. Aún tenía pulso y respiraba. Con dificultad lo movió y acostó sobre el trineo en el que Rigel había llevado todo su equipo de taladrado hasta allá. Enganchó el trineo a la motonieve y regresó por dónde vino. De vez en cuando le echaba un ojo para asegurarse de que todavía seguía amarrado. Avisó por la radio que preparan una cama para tratar su fiebre.
Leti se estaba mordiendo las uñas de nuevo. Pero el ajedrez ya no era una inquietud. Vigilaba los ánimos de Rigel, quien no dejaba de dar vueltas en la cama, sudando, temblando, murmurando cosas sobre núcleos de hielo y técnicas de fechado. Era una febril obsesión que lo consumía hasta en sueños.
—Se ve bastante mal —dijo Alex, recargado en la pared—. Sólo podemos esperar a que le baje la fiebre.
Aquella no era una fiebre cualquiera. Leti estaba segura de que eso no era ningún virus o bacteria ancestral que había sido liberado del hielo. Rigel bromeaba mucho sobre aquella remota posibilidad de accidentalmente liberar una terrible enfermedad que acabaría con la humanidad. Pero eso no ocurrió. Su fiebre era producto de la locura y el encierro. Era obra de la misma mente. Alex no creía en su teoría, en cambio intentó buscar una explicación más racional. Pero ni el médico de la base pudo encontrar indicios de ello.
—Nos estamos volviendo locos —concluyó el médico mientras colocaba bolsas con hielo sobre la frente de Rigel.
Más tarde, después de asearse y resumir el trabajo que había ignorado por dos días, Leti regresó a su habitación. La computadora seguía ahí, esperando su siguiente movimiento. Pasó otras tres horas con la vista fija en la pantalla, pensando, calculando, sin animarse a teclear su jugada. Estaba harta de preocuparse por un tonto juego que era la causa de sus problemas y preocupaciones, un tonto juego que la hacía morderse las uñas e imaginar piezas gigantes deslizándose por el hielo. Las veía en sueños, en los libros, en el café, en las paredes y hasta en techo, cuando se pasaba horas acostada sin poder dormir. Desconectó la computadora y la arrojó al suelo, rompió sus notas y libros con ejercicios de entrenamiento mientras maldecía el día en el que decidió unirse al club de ajedrez.
Ante todo ese ruido, Alex corrió a su habitación.
—Quiero irme de aquí —le dijo con voz temblorosa—. Ya no soporto más esto.
Tomó sus manos e intentó calmarla. Miró su habitación y no tardó en entender que como Rigel y la mayoría en la base, los efectos del aislamiento eran cada vez más extremos.
—Faltan pocos días. Ya casi se acaba.
—No creo que vuelva a jugar ajedrez en mi vida. Solo me va a traer malos recuerdos de este lugar.
—¿Y con qué buenos recuerdos te vas a quedar?
Los dos se miraron y sonrieron.