La casa que él construyó
Ofelia bajó del tren cargando las maletas de toda la familia y aguantando los berrinches de sus tres hijos sólo para encontrar un puñado de casas cubiertas de polvo que teñía su vestido de rojo. Era la última estación, donde las vías de ferrocarril terminaban en medio de una planicie donde el viento corría con libertad, arrastrando tierra hasta sus ojos.
—Me casé con un bueno para nada, —fue lo único que pudo decir ante aquella desesperante escena. El amargo recuerdo de haber pronunciado aquellas palabras frente a su esposo, y la mirada que le devolvió la acompañaría hasta el final de su vida, así como la tierra y la sequía.
Y así, empolvados y enfadados por el eterno viaje en tren, caminaron por la calle trazada por los pasos de tantos migrantes y uno que otro par de ruedas hasta llegar a la casa que su esposo había construido, de la que tanto le había hablado en cartas mientras esperaba con ansias en la ciudad el comienzo de una nueva vida juntos. Según sus cartas, era una casa color blanco, pero al igual que el vestidito de la pecosa Melisa y los pantalones de Joaquín que ya le quedaban cortos, se había teñido de rojo por todo ese polvo y todo ese viento que no dejaba de soplar en la llanura.
—Bueno, ¿qué esperas? Todavía no has visto el interior.
—¿No vas a hacer nada? —Ofelia no se movió, mirando la suciedad de la entrada.
—No tenemos el lujo de gastar agua para limpiar la casa, y aunque lo tuviéramos, de nada serviría. Se volvería a pintar de rojo al día siguiente.
Al cabo de unos días viviendo ahí tuvo que darle la razón a su esposo. Por más que se esforzara en lavar la ropa de sus hijos, el color rojo no se iba de la tela ni de sus vidas. No los dejaba jugar afuera con los demás niños, porque solamente metían tierra a la casa que tenía que barrer antes de que sus esposo llegara, se quitara las botas y el uniforme de la compañía minera para volver a dejar más polvo en el piso. Y cada día tenía que repetir lo mismo una y otra vez, porque a diferencia de ella el viento nunca se cansaba. Al final decidió vestir a sus hijos y a ella misma de color negro y rojo, porque aquella era la única manera de ocultar la suciedad en la que vivían.
El polvo era tan fino que se quedaba suspendido en el aire y se metía en todos los rincones de la casa. A veces Ofelia no podía dormir de tanto estornudar y sentir todo esa arena picándole el cuerpo. Y su esposo le decía que no era para tanto, que uno con el tiempo se acostumbra al polvo y se vuelve parte de la vida, pero Ofelia no podía imaginar ese día. Para sobrellevar ese suplicio reservó un cuarto donde guardaba sus mejores prendas, para así recordar los años maravillosos en la ciudad. Se maquillaba y ponía su vestido de bodas e interpretaba entre esas cuatro paredes sus épicas y tragedias favoritas, las películas y las óperas que tanto disfrutaba en su juventud. A veces invitaba a sus hijos a formar parte del elenco de aquél mundo de fantasía, convirtiendo el cuarto en un escenario porque no había ningún teatro en aquél pueblo inculto olvidado por Dios.
Y porque no quería que Melisa se perdiera de todos los privilegios que su madre gozó, la inscribió en el conservatorio de canto de la ciudad tan pronto como pudo, para que no tuviera una hija que creciera entre la tierra y las enormes excavadoras, sino una señorita culta y elegante. Entre sollozos la vio partir en el mismo tren que los había llevado hasta allí.
El tiempo pasó así, soportando el encierro y anhelando las comodidades de la vida urbana hasta que a Joaquín le llegó la edad de ir a la escuela. Entonces Ofelia despidió al pequeño mientras salía la puerta y en un abrir y cerrar de ojos regresó acompañado de vítores, del capitán de la expedición y su larga barba, de los exploradores que habían perdido dedos por el frío, y de una pesada caja de metal que colocó sobre la mesa. La abrió y de ella emanó el aire helado del que tanto le había hablado. Un trozo de hielo que él mismo arrancó del polo norte y mandó traer de vuelta a casa. A Ofelia no se le ocurrió otra cosa más que sacar el almíbar de durazno y mezclarlo con el hielo polar para servirlo a todos los nuevos invitados. Los vasitos de vidrio y las cucharitas se veían ridículamente pequeños en las ásperas manos de aquellos hombres, en especial las de Joaquín.
—Hay mucha agua en este planeta madre. Y yo se la voy a traer, para que nunca vuelva a quejarse de la ropa sucia y del polvo.
Ofelia lo abrazó, apenas pudiendo rodear la cintura de aquél niño que pedía que lo cargara tan sólo unos días antes. No dejaba de hablar con sus compañeros acerca de derretir los glaciares y de traer agua al pueblo entre risas y el tintineo de las cucharas.
—Ay hijo, ¿y cómo vas a traer todo ese hielo para acá?
Esa noche, cuando se lavó la cara antes de dormir, se dio cuenta de todas las canas que le habían salido.
Al cabo de unos días se enteró que Melisa también había dejado el conservatorio porque la ciudad de la cual su madre le había contado maravillas se le había vuelto insuficiente. “Mi lugar está entre las estrellas”, le dijo en una de sus cartas.
Y a las estrellas se fue. Dejó su planeta para cantar en otros, en los escenarios de las grandes ciudades, y Ofelia escuchaba cada uno de sus conciertos. Cada vez se hablaban menos porque a Melissa el tiempo no le alcanzaba para tantas cosas que quería hacer. Pero a Ofelia no le molestaba, porque a diferencia de Mateo, el menor de sus hijos que todavía no sabía qué hacer con su vida, Melisa no estaba empolvándose en la miseria.
Un día se enteró que su hija se había vuelto tan famosa, que decidieron rodar una película retratando su vida, y que vendrían a su pueblo porque un director exigente y perfeccionista estaba a cargo de la producción. Para dar una buena impresión, Ofelia mandó a desempolvar cada pasillo y habitación, tarea que con los años se había vuelto más difícil por las renovaciones que su esposo hacía y porque ya no tenía la edad para andar de un lado a otro como si nada.
El equipo de grabación viajó por el espacio para llegar al pueblo más lejano del planeta más lejano de todos. Ofelia los recibió a todos y sirvió hielo polar con almíbar de durazno porque Joaquín jamás se olvidaba de su madre aunque se encontrara del otro lado del mundo. Le traía un pedacito del ártico siempre que podía.
Entre la multitud buscó a Melisa, y solamente pudo encontrar a una actriz que se maquillaba las pecas y que no cantaba tan bien como su hija. El director revisó la casa y quedó impresionado por su limpieza.
—¿Dónde está todo el polvo?
—Lo limpiamos todo porque pensamos que les iba a molestar.
—Pues hay que traerlo de vuelta. La gente quiere ver cómo es el desierto, nada de casas ni vestidos limpios.
Ofelia no podía creer que había gente dispuesta a viajar tan lejos con tal de ver tanta suciedad.
Después de que la producción se alargara por tres años porque sin saberlo habían llegado durante una inusual temporada ventosa que terminaba empanizando a cualquiera que se atreviera salir de su casa, y que trajo tanto polvo que sus piernas se hundían hasta las rodillas, Ofelia pensó que finalmente tendría paz. Darle alojamiento a todos esos actores exigentes que se paseaban por la casa como si fuera suya la terminó cansando más de la cuenta.
Su esposo ya se había retirado y en su tiempo libre solamente se dedicaba a cuidar cada uno de los detalles de la casa que tuvo que agrandar porque los actores, en el encierro que el mal clima exigía, no tenían otra cosa que hacer más que repasar sus líneas y tener hijos. Ofelia pensó que los días de lavar el uniforme y barrer la casa cada vez que su esposo regresaba de la mina habían quedado atrás. Hasta que un día Mateo, después de toda una vida enfrascado en el estudio decidió convertirse en el único hijo en seguir los pasos de su padre y unirse a la compañía minera. Sus ambiciones de desentrañar de la tierra los más preciados metales lo obligó a tomar medidas más drásticas conforme la cuadrilla de voraces excavadoras a su cargo descarapelaba las capas de suelo.
Comenzaron a escucharse explosiones día y noche que levantaban gruesas columnas de humo negro que el viento arrastraba hasta las casas del pueblo, oscureciendo el cielo y envenenando a quien no se cubriera la cara. Su esposo no murió mientras trabajaba en la mina, como Ofelia lo había soñado tantas veces, sino al caer de una escalera mientras arreglaba una de las ventanas del cuarto piso. Aunque ya nadie había puesto un pie más allá del segundo piso en años, quería tener la casa más hermosa del pueblo. Una de las tantas explosiones que aturdía los oídos de Ofelia y sacudía los trastes hizo perder el equilibrio de aquél hombre.
Sin su esposo y con Mateo lejos de casa, cavando cada vez más hondo sin dar noticias de su existencia, sin las visitas de los admiradores de Melisa que querían conocer la casa donde se rodó la tan famosa película y sin las reuniones de Joaquín en las que discutían métodos cada vez más radicales para calentar el planeta, Ofelia experimentó una profunda soledad, pero también una paz que no había sentido en mucho tiempo.
Se permitió encerrarse para no volver a ver el polvo y una vez más, mirar sus películas favoritas y reinterpretar las obras de teatro que tanto recordaba de su vida pasada en la ciudad con los viejos vestidos que ya no le quedaban y que se comenzaban a deshacer por el tiempo. Pensó que ahora que ya no tenía que abrir las puertas para recibir insufribles visitas, podría al fin tener la cara y la casa limpia, pero las explosiones de la mina no se detenían; creaban grietas en las paredes y las ventanas que reventaban cuando los enormes cohetes despegaban para llevarse a quién sabe donde todos esos metales que Mateo arrancaba del suelo como si le pertenecieran. La casa iba en decadencia, el polvo se metía por todas partes y el ruido y humo de la mina le quitaba el sueño. Pero Ofelia no podía irse de ahí, porque abandonar el pueblo era admitir que la casa que su esposo construyó con tanto esmero iba a ser olvidada para siempre.
Cuando la vista se le arruinó de tanto tallarse los ojos por el polvo y las alergias, y ningún gotero ni par de lentes podía curarla, se conformó con escuchar la radio, la voz angelical de Melisa que reverberaba por los pasillos de la casa, ahora más grande y más vacía que nunca. El polvo estaba en todas partes pero a Ofelia ya no le importaba, porque una vez que perdió la vista pudo hacer las paces con aquella fina arena que manchaba todo de rojo. Solamente le quedaba el recuerdo de los vestidos blancos y la vida en elegancia, de los gritos y abrazos de sus hijos que extrañaba más que nunca, de las tardes de ópera con sus amigas, del empeño de su esposo por hacerla feliz, aunque hubiera construido la casa en medio de la nada.
El último día de Ofelia fue el día que llovió por primera vez en el pueblo. Un torrencial que convirtió el polvo rojizo en un líquido viscoso con el inconfundible olor de la sangre. Y entonces creyó que estaba presenciando el fin de los tiempos y que finalmente sería juzgada por malagradecida el día en que bajó del tren con su familia. Llovió durante diez días seguidos, aunque Ofelia solamente pudo presenciar uno de ellos porque el corazón se le había parado. Al final de la tormenta, la casa tenía el mismo color blanco que el vestido que lucía el día de su boda.